sábado, 9 de junio de 2007

Con Daniel Cassany, autor de “Tras las líneas. Sobre la lectura contemporánea"




Esta entrevista, realizada por Silvana Tanzi, fue publicada en el semanario uruguayo Búsqueda el 22/06/06



“Nunca antes en la historia de este planeta hubo tantas personas que supieran leer y escribir”


Es poco frecuente encontrar en el ámbito universitario investigadores que difundan con claridad y amenidad sus trabajos. Por eso resulta auspicioso un nuevo libro del lingüista catalán Daniel Cassany, docente de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Quienes estén interesados en asuntos relacionados con la lengua y la comunicación escrita encontrarán en sus libros “Describir el escribir”, “Construir la escritura” y, sobre todo, en el muy accesible “La cocina de la escritura”, consejos prácticos de cómo superar los vicios de escritura y mejorar la redacción.
Ahora acaba de publicarse Tras las líneas. Sobre la lectura contemporánea, el resultado de seis años de investigación en los que Cassany cambió, aunque no radicalmente, el rumbo de su investigación y estudió las actuales formas de lectura. Entre otros temas, el autor analiza cómo los cambios tecnológicos modificaron las maneras de leer, el surgimiento de un nuevo lector (“lector zapping”), capaz de abarcar simultáneamente diferentes textos, el fenómeno del multilingüismo y los variados formatos de escritura.
Contrario a la visión pesimista sobre la desaparición del libro y la disminución del público lector, Cassany cree que se está reforzando la lectura como vehículo de comunicación. Pero en su libro señala la necesidad de crear lectores críticos, que desconfíen y lleguen “más allá de las líneas” para descubrir la ideología y los propósitos de los textos. Al terminar el libro, queda claro que no sólo leemos más, sino que hoy leer es una actividad mucho más compleja y requiere de un cuidado mayor que hace cincuenta años.
Para poner a prueba a los lectores sobre este cuidado, Cassany incluyó a modo de juego, tres errores en el libro, cuya solución se encuentra en su página web personal. En su despacho de la Universidad Pompeu Fabra, Cassany mantuvo la siguiente entrevista telefónica con Búsqueda.

—Hay una idea bastante generalizada sobre la falta de lectura, especialmente entre los jóvenes.
¿Es verdad que la gente cada vez lee menos?
—Ésa es una idea también generalizada aquí en España y en otras partes del mundo, pero no está contrastada con hechos empíricos.
También hay personas que piensan que hoy se escribe peor que ayer, que la vida es más difícil que ayer, y en cambio nunca antes en la historia de este planeta hubo tantas personas que supieran leer y escribir ni la esperanza de vida fue tan larga. Los que dicen que hoy se lee menos que ayer piensan en la lectura clásica, en una persona leyendo una novela sentada en una butaca al lado del fuego. Pero hoy leemos en otros muchos contextos y es difícil pensar en una persona que lleve una vida plena y que no lea.
—Con el desarrollo de Internet, los chats y correos electrónicos apareció una escritura efímera, muy parecida a la oralidad. ¿No se está corriendo el riesgo de perder calidad de escritura y de lectura?
—La idea de que con los chats o con los mensajes de móvil se va a perder la formalidad de la escritura pertenece a la lógica de la sustitución, que a lo largo de la historia siempre ha resultado falsa. El cine no acabó con el teatro, la televisión no acabó con el cine, ni Internet con el libro. Creo que va a ocurrir lo mismo con la escritura electrónica en Internet, no hay que extrapolar al resto de la escritura la forma en que los adolescentes, o los adultos, escriben en la web. Muchas veces la gente toma el lenguaje de los chats como representaciones de la totalidad, y esa simplificación no ayuda para entender el fenómeno.
—Usted hace hincapié en que la enseñanza formal debe incorporar estas formas de comunicación.
—Por supuesto, estas formas de escritura constituyen un porcentaje muy importante de la comunicación que manejamos hoy en día.
Hace muy poco salió una estadística en “El País” de Madrid: entre 30 y 40 por ciento de los hogares españoles ya tienen una conexión a Internet, y ésta es la proporción que existe en Europa. Claro que esta proporción es muy diferente en otros lugares del planeta, y aquí se podría hacer una crítica dura a esa diferencia.
Pero la pregunta que cabe hacernos es qué sentido tiene enseñarle a leer y escribir a un niño, que va a
ser adulto en el 2020, esquivando estas formas de comunicación.
Lo que todos tenemos claro es que Internet es irreversible, es inimaginable un mundo en el que no la haya. Tenemos que incorporar como sea estas formas en el lenguaje de la escritura porque los chicos no son tontos. Si levantan la mirada de su cuaderno ven por la ventana al señor que está en la empresa de enfrente con su pantalla plana, escribiendo con verificador ortográfico.
—Ha publicado varios libros sobre escritura. ¿Por qué sintió la necesidad de escribir ahora uno sobre lectura contemporánea?
—Diría que en un terreno amplio, escritura y lectura no son ámbitos tan diferentes: cuando uno escribe está pensando en la forma en que va a leer el lector, calcula qué es lo que sabe y qué puede interesarle, e intenta escribir algo que se adapte a estas necesidades.
Por otro lado, cuando uno lee está analizando la forma en que escribió el escritor.
—En el libro plantea la necesidad de formar un “lector crítico” que desconfíe de lo impreso. ¿Por qué cada vez es más necesario ese lector?
—Porque cada vez estamos más abocados a la diversidad, a la libertad de expresión, a la pluralidad. Tenemos que entender que no todo lo que nos llega es cierto, ni comparte nuestros puntos de vista. Antes vivíamos en un mundo en el que había mucho más control respecto a lo que se publicaba y era más difícil publicar las ideas, una carta en el periódico, un libro. Hoy con muy poco dinero, y sin excesiva dificultad, uno puede hacer una página web para que tal vez millones de personas lean lo que uno piensa.
Se ha cumplido aquella idea de Voltaire: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta morir tu derecho a decirlo”.
Ahora hay que garantizar que todos entiendan este derecho, pero también que no tomen por cierto todo lo que leen porque no todo tiene el mismo grado de fiabilidad.
Hay que educar a la ciudadanía en la capacidad de recuperar el punto de vista para poder discrepar. Los discursos neutros, objetivos o desinteresados no existen.
—Para explicar que no hay discursos neutros, da ejemplos del discurso científico. ¿Recibió alguna crítica por meterse en esa área?
—No he tenido ninguna crítica, por ahora. Sin duda el discurso científico es más objetivo que el periodístico o el político. Pero todo es bastante circunstancial, porque el discurso científico puede tener una base empírica, pero la investigación responde a realidades socioculturales puntuales y a determinados intereses que pueden ser militares, particulares, empresariales, etc.
—Otro de sus planteos es que los ciudadanos comunes cada vez están más interesados en la ciencia. ¿Qué papel le asigna a los divulgadores del conocimientos científico?
—Éste es un ámbito en crecimiento, como en general el ámbito de transferencia de conocimiento. La investigación es cada vez más especializada, más técnica, requiere más especificidad. Entonces a partir de aquí se requieren más profesionales que estén capacitados para la divulgación. Los periódicos importantes tienen cada vez más periodistas especializados.
—Usted ha trabajado específicamente en esa área.
—Estuve durante seis años en un proyecto de investigación de divulgación de la ciencia con otras personas. Estudiamos cómo periodistas científicos trasmitían conocimientos especializados en los periódicos importantes en España y América y conseguían que la ciudadanía comprendiera asuntos altamente complejos. En un máster de divulgación científica enseño a científicos a difundir sus conocimientos.
—En el libro cuenta una anécdota muy graciosa sobre la viejita que quiere que Einstein le explique la teoría de la relatividad. ¿Hasta dónde hay que aclararle al público los resultados de esas investigaciones?
—El público tiene derecho a saber. En primer lugar, porque las investigaciones se hacen con su dinero. La investigación es muy costosa y se paga en parte con dinero público. Lo que ocurre es que el público tiene intereses diferentes. La viejecita que le reclama a Einstein que le explique la teoría de la relatividad evidentemente no pretende entender lo mismo que un doctor en física, probablemente quiere tener una noción de cómo cambiaría su vida con esta teoría o qué implicaciones tiene en el día a día. Esto es algo que los científicos tendrían que poder satisfacer. Todos en el fondo somos viejecitas que pagamos esas investigaciones y que esperamos poder entender y saber cómo se gasta el dinero, y qué beneficios nos aporta.

3 comentarios:

graciela dijo...

Todo lo que escribe Cassany es muy interesante. Por suerte en mi actividad aúlica hace mucho que trabajamos sobre sus libros. Siempre está investigando. La entrevista es muy clara y a veces uno piensa que la gente no lee, pero la realidad es otra. Con el acceso a internet se lee contínuamente, se reflexxiona para seleccionar los materiales que me interesan y hay tantos conocimientos y todos están allí. Por supuesto que debe haber una igualdad de oportunidades para tods en poder tener ese recurso y más que nada para los niños.
No sólo leí la entrevista sino que de la página personal de Cassany saqué algumos de sus documentos. Es muy rico tener estas posibilidades

Marita Plátano dijo...

Graciela:

Seguramente disfrutarás del artículo de García Aretio en este mismo Blog. Habla justamente de las estrategias que debemos emplear para seleccionar tanta información que abunda en la web de modo de navegar sin naufragar...

Un abrazo
Marita

manuco dijo...

Creo que la cita de Voltaire que hace Cassany resume el derecho a la expresión "No estoy de acuerdo con lo que dices pero defenderé hasta morir tu derecho a decirlo", pero tembién en el uso de inernet no hay que tomar por cierto todo lo que se lee, y los docentes tenemos nuestra cuota parte en esto.
Nora Bonjour